“Nos sentimos bien al culpar a otros por los problemas que enfrentamos” pero al hacer esto, se tendrá que pagar altos costos.

En la escuela o en el hogar hemos vivido la tarea de hacer limpieza u ordenar sin importar quien dejó ahí las cosas, o por ejemplo el recoger un papel del suelo que nosotros no tiramos.

Me imagino que te has topado con la frase de “por que lo haré yo, si no yo no lo tiré”, “no es justo”.

De ahí puede surgir el culpar a el compañero, al hermano o a otra persona y esto nos causa un “bienestar” un sentir bien por hacerlo, por que todo termina en que “debemos” culpar o pasar la responsabilidad a otras personas, tenemos que colocarla en algún lugar.

El problema con esto es que a menudo el enfoque en la culpa puede obstaculizar o retrasar el logro de nuestras metas, tanto si nos culpamos a nosotros como a otros. En el momento nos sentimos tan bien con esa justa indignación que es difícil darnos cuenta que no nos sirve demasiado.

Porque la idea de que existe una sola “culpa” ignora la complejidad de la realidad. Prácticamente en todas las situaciones hay múltiples factores en juego. Cuando nos limitamos a encontrar culpa y culpar, nos cegamos a todas las razones y causas excepto aquella que escogemos, perdiendo la visión más amplia de la realidad y alejándonos de ella con un entendimiento equivocado del mundo.

Entonces, ¿Cuál es la alternativa a culpar?

Probablemente es reconocer la situación, entender cómo llegó a ocurrir y tomar acción. Las personas que se sienten estancadas en diversas áreas de sus vidas, a menudo fueron heridas de forma significativa en un momento previo.

Nuestra tendencia automática es dirigir la atención hacia lo malo que ocurrió en el pasado y en el presente y asignar culpa, ya sea a nosotros o a otros. Hace falta esfuerzo y entrenamiento para dirigir en cambio nuestra atención a entender cómo las cosas llegaron a ser así, y hacerlo de una forma que nos ayude a definir qué es lo que queremos y qué queremos hacer para llegar allí.

Como en la vida, también en nuestra casa. No nos ayudará mucho enojarnos por el desorden y demandar que lo ordene el que lo hizo. Para tener más posibilidades de prevenir en el futuro desórdenes similares, es más útil examinar de qué forma llegó a ocurrir ese desorden. Si al final del día queremos que la casa esté ordenada, la forma más efectiva de lograrlo es agacharse, recoger uno por uno los juguetes y volver a ponerlos en su lugar.

David Quiza.

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